viernes, 18 de agosto de 2017

De lo que era a lo que soy

Abrazar mi condición de niña mimada y criada entre algodones me costó varios años, pero una vez alcanzada la veintena no me quedó otra que reconocer que, si bien los obstáculos han llegado por otro lado, nunca tuve los problemas de alguien que vive por sus propios medios.
Soy la hija mayor, la niña de sus ojos, la que durante tantos años fue la hija perfecta de buenas notas, lectora y simpática. Nunca decía que no a nada y tenía una memoria prodigiosa para aprobar exámenes sin a penas inmutarme. Pero este tipo de cosas, tan bien vistas en la infancia, me dejaron muy tocada una vez alcancé la edad del pavo. Sin dar detalles que no saben más allá que unas contadas orejas en el mundo, algo desvió mi camino de baldosas amarillas cuando tenía 16 años. Siempre había sido una blandengue, mojigata, graciosa (eso sí), poco femenina porque estaba demasiado ocupada alimentando mi mente para interesarme por ropa y maquillaje, y despreciaba todo tipo de música que no se pareciera a lo que yo consideraba "de culto". Era, además, gordita y con gafas, y la más tímida del mundo. 

Pero desde aquello, yo, que estaba tan orgullosa de mi familia, de ser lo que era, cambié radicalmente. Nunca había sido arisca, sólo callada, pero entonces empecé a desligarme del resto. La niña cariñosa ya no quiere que la toquen, que le hablen, solo establecía contacto cuando era necesario. Nunca había sentido la tristeza que me acompaña desde entonces, y nunca había entendido que era aquel dolor del que hablaban los libros que no volví a abrir.

Y aunque de cara a la galería la gente que me conoce sabe que no soy ningún enanito gruñón, he dejado de lado el optimismo que me caracterizaba. Para mí antes el sol siempre salía y el vaso siempre estaba medio lleno. Ahora cada vez que cierro los ojos, incluso cinco años después, solo escucho gritos. Tengo pesadillas recurrentes, duermo poco, tengo ansiedad, vivo en un constante estado de alerta y me niego a sonreír cuando estoy sola. La timidez que tenía ha dado paso a una ansiedad social difícil de controlar y que me lleva a ir cerrando mi círculo de amigos cada vez más.

Al margen de cambios emocionales, cualquiera que me siga la pista desde mi niñez se habrá dado cuenta de mi cambio físico, de vestir, de mi forma de pasar el rato, de la música que escucho, de mi forma de hablar.

Un obstáculo en mi vida de niña mimada, algo que antes no entendía. Una almohada de algodones que antes me protegía sin que yo me diera cuenta y que ahora me ahoga y me aísla del exterior. 

Soy una privilegiada para el mundo y desdichada dentro de mi habitación. Lo reconozco y sigo adelante. Sin más.
Fotografía: tumblr

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