Eres tan endiabladamente imperfecto. Joder, cómo me fastidia que aciertes siempre. Menudo bicho raro eres, qué manías tan dulcemente asquerosas. Eres de esos que se frotan la nariz antes de cruzar la calle, que llevan el mismo bolígrafo para todos los exámenes y que dan un par de vueltas sobre el pie derecho antes de los partidos.
Te crees muy moderno porque un día te encontraste un libro de Joyce de segunda mano y te lo leíste. Y mierda, qué bien te queda llevarlo debajo del brazo, y qué bonito es escucharte comentar cada capítulo aunque no sepas nada de literatura modernista (no, si yo tampoco). Y cómo sonríes, esa sonrisa tan fea, te carcajeas como un camionero y me hipnotizas.
Por cierto, tus chistes, esos que no haces más que repetir, ya cansan. Realmente nunca tuvieron gracia, pero tienes esa capacidad de equivocarte una y otra vez aunque los hayas contado mil veces, que hace que estalle con cada palabra.
Ojalá fueras un poco más perfecto para así poder quererte un poco menos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario