Siendo como soy, con una autoestima ínfima, necesito que me repitan constantemente lo guapa que soy. Otros lo verán distinto, pero es un ejercicio de egocentrismo sin el cual no me siento tranquila. La constante atención y halagos de los demás son como una colchoneta para que no me caiga al vacío. Es por eso por lo que no puedo evitar a veces ser una niña pequeña que quiere que la atiendan como a una princesa.
Si la atención no recae sobre mí de modo que todo sea cubrirme de piropos y de cosas bonitas, me siento mal, me quiero matar y quiero matar a los demás. Sé que es un comportamiento infantil y nada atractivo, pero no puedo evitarlo. No sé si en algún momento me volví adicta a los halagos como si fueran un tipo de droga, pues yo siempre fui el patito feo, y cuando por fin me convertí en algo parecido al cisne, me aferré al primer piropo que me dirigieron. Y empecé a querer más, porque sentía que si no hacían mención a mi belleza o a mi forma de ser una y otra vez era porque no existía tal belleza, o porque mi forma de ser no agradaba ni a un loco.
Pero así como deseo ansiosamente que no hagan más que criarme entre algodones, no soporto ser el centro físico de atención, es decir, no soporto quedarme en el centro de la habitación mientras el resto de gente me observa, me analiza. Porque siento que de un momento a otro encontrarán todos esos defectos que me cubren de la cabeza a los pies y que tanto me horrorizan. No hay nada más parecido a un balazo que la mirada fija de otra persona analizando tu rostro, reflejando todo lo malo que hay en ti. Para mí una fotografía es como una sentencia de muerte, una imagen que corrobora mis pensamientos, que plasma sobre el papel esa fealdad que intento esconder tan deseperadamente.
El espejo es por veces enemigo y aliado: en ocasiones cada mirada es un latigazo en la espalda, en otras es una alucinación que hace que me vea hermosa aún sabiendo que no es cierto. Siento realmente una fuerte envidia de todas aquellas personas que se miran al espejo y se quieren, siempre. Esas que se observan durante varios minutos y son capaces de sonreír, sin resoplar ni lamentarse de "me sobra de aquí", "me falta de aquí", "tengo la cara hecha un cuadro".
Y sí, todos debemos aceptarnos como somos, querernos tal y como estamos. Especialmente, dicen, las mujeres, que la mayor parte nos vemos cohibidas en muchas ocasiones. Pero esos que gritan que todos los cuerpos son bellos, que uno debe aprender a aceptarse sin artificios, puede que no comprendan la presión del día a día. De todos esos cánones que aunque un par de chicos (por supuesto muy bien intencionados, pero también confundidos) se empeñen en negar, en decir que nadie busca esa mujer perfecta que tanto se vende, sabemos que la realidad es otra. Y eso es algo que no hace falta meditar en demasía, que está en todas partes y allá donde miremos.
Que ir a comprar ropa se convierta no en una tortura pero sí en una muestra de lo fuera que estás de este mundo, de cómo fallas, de cómo eres todo lo que no deberías ser, de cómo no puedes ajustarte a lo que la sociedad te pide y por eso eresunagordaquenocabeenuna34. Eso es lo que realmente habría que cambiar. Y con sentimientos como ese en algo que debería basarse en buscar ropa que te haga sentir bella y valiente para afrontar el mundo y coger la vida con las manos, no podemos seguir diciéndoles a las chicas que son unas estúpidas por no aceptarse tal y como son.
Yo misma tengo pánico a las comidas. Las comidas como evento, como reunión. Sé que cada cosa que digo es aún más irreal que la anterior, pero aseguro que es igual de verdadera. Pero siento este extraño temor a los banquetes porque imagino que a cada bocado que doy, a cada movimiento que hago para llevarme el tenedor a la boca, el resto de comensales detendrán sus movimientos sólo para fijarse en cómo mastico, cómo trago, y si muestro placer al degustarlo. Y así, empieza a florecer la ansiedad en mi garganta, pues sé lo que todos están pensando: "mira la gordita cómo disfruta de la comida."
Nadie se odia por sí mismo, nadie se asquea al ver su reflejo por capricho, porque se sintió con ganas de hacerlo nada más levantarse. Es un producto de todos, de todo lo que la sociedad ha creado, es esa presión, ese nudo en la garganta que siento cada vez que pongo un pie en la calle, que me hace sentir como si entrara en un campo de batalla donde cada persona está armada con un rifle, un rifle que dispara miradas de desprecio, miradas de condescendencia.
Sentir que cada día es una guerra por la supervivencia, y que nunca seré lo suficiente para mostrarme al mundo no es agradable, y desde luego, no es uno de mis caprichos para llamar la atención. Ni siquiera soy capaz de reunirme con mis amigos sin que pase por mi cabeza la pregunta "¿qué pensarán al verme?". Porque sí, me asquea reconocerlo, pero la imagen física se ha convertido en algo importante, en un estamento que decide si vales o no. Esto no es ser superficial. Maquillarse no es ser superficial. Vestirse con ropa bonita no es ser superficial. Es tanto un mecanismo de defensa como una expresión de uno mismo.
Maquillarme me hace sentir segura y bien, nadie debe atacarme por ello y señalar mi baja autoestima. Sí, es baja. Pero como auto-estima que es, yo misma la mantengo, y yo misma soy la única que puede decir cómo lo hago. Si quiero maquillarme porque me veo bella, es mi decisión y sobretodo mi derecho. No soy menos humana por ello.
Y con esto termino, esperando que las mariposas que siento en el estómago cada vez que entro a un sitio lleno de gente, los nervios que siento cuando voy a clase o las nauseas que me invaden incluso al ir a ver a mis amigos (esto sí que es algo que aborrecer, ese sentimiento de infelicidad en lo que es felicidad como ver a las personas que te importa, duele) desaparezcan. O por lo menos, que si yo no consigo vivir segura de mi misma, estas sensaciones sean algo que se vaya conmigo, que no vuelvan a molestar a ninguna niña que debería ir por la vida con una sonrisa para comerse el mundo.